Tratando de razonar sobre lo que nos pasa como país y como sociedad, es que quisiera compartir con uds algunos pensamientos propios y ajenos (asimilándolos como propios).
Es la intención que nos sirvan para analizar las situaciones que, como argentinos, debemos afrontar hoy y aquí.
No pretenden ser la verdad, ni la realidad absoluta, pero pueden ser otra visión.
Como individuos integramos una sociedad, la de nuestro hogar, nuestro barrio, nuestra ciudad, provincia, país, continente, y finalmente la del mundo.
Entiendo por sociedad el conjunto de seres humanos inmersos en un ambiente natural, que comparten culturas y se relacionan entre sí. Cada uno de los integrantes de esta sociedad es un ser único en su conjunto de características y modalidades.
En este medio, nos relacionamos desde nuestra individualidad con un “otro” ser humano, que también configura una individualidad. Es aquí donde comienza el ejercicio de ciertos valores, deberes y comportamientos en la relación entre los individuos.
En nuestra sociedad actual, parece haberse perdido fuertemente, la conciencia del “otro” como una individualidad que amerita el mismo respeto que esperamos del “otro”.
Y, ¿qué es el respeto? Es el reconocimiento de que alguien tiene un valor aún cuando no coincida con nosotros porque responde a su individualidad, que le es propia, como nos es propia la nuestra.
Mucho se dice que afortunadamente todos somos diferentes, porque de las diferencias surge la riqueza creativa para cada sociedad. Pero lejos estamos de respetar las diferencias y menos aún, de ser capaces de convivir armoniosamente con el otro y tratar de consensuar o lo que es lo mismo, acordar, sobrepasando las diferencias.
Si esto es difícil en algunos aspectos de la vida, lo es o pareciera ser, mucho más difícil cuando se trata de ideas políticas.
¿En dónde reside esta dificultad para consensuar?
Ya Plauto (c. 254-184 a.C.) en su obra teatral La Asinaria, decía: "Lobo es el hombre para el hombre, y no hombre, cuando desconoce quién es el otro" (Lupus est homo homini, non homo, quom qualis sit non novit.)
Pareciera que la dificultad para el consenso viene de larga data. Lo cual no implica, quedarnos prendidos a la dificultad.
En la Sociedad moderna hay ciertas características que pueden tener relación con este no consenso que nos aqueja en múltiples áreas.
La gran competitividad que caracteriza nuestros días, ha llevado a exacerbar esa individualidad, asociándose en ocasiones, con otra condición: la codicia. Ambas, cuando extreman su vigencia, aún partiendo de la ambición natural, llevan al ser humano a mirar solo su propio interés, despreciando la existencia del “otro”.
La conciencia de individuo único e irrepetible se ha ido transformando en un individualismo extremo que lleva a actuar y pensar de un modo totalmente contrapuesto a la sociedad en que transcurre su ser.
La codicia no solo se refiere a cuestiones materiales, pareciera posible la codicia del poder, la codicia de la supremacía sobre “el otro” que se masifica y desaparece como individuo.
Habría que pensar que la sociedad organizada por leyes y normas para su convivencia, tiene que hacer valer esas herramientas para subvertir la acumulación codiciosa, ya sea de poder o de riquezas, que actúan en desmedro de los otros individuos.
Por otro lado tenemos los seres humanos que, reconociendo su individualidad pero faltos de codicia o ambición de poder, solo sobreviven en una sociedad que los va ahogando por la indiferencia en reconocerlos como tales (en cada uno “el otro” que no ven, inmersos en su codicia).
¿Por eso nos ahogamos?¿Por eso el malestar generalizado que no atina a encontrar un camino para transcurrir, más placentero?
¿Es acaso necesario que me reconozcan como individuo, para tener una individualidad más feliz y cómoda dentro de la sociedad en que estamos?
Seguramente que sí, porque pensemos en el “ninguneo” que significa que nuestros intereses no sean considerados, que nuestra voz no sea escuchada, que nuestra voluntad sea tergiversada, que no seamos reconocidos como individuos, que nos descalifiquen imponiéndonos cualidades que no tenemos. Somos nadie y por tanto, desaparecen nuestras individualidades, para el otro que detenta el poder, no existimos, en tanto y en cuanto no le seamos útiles a sus intereses.
Hasta aquí hemos sido simples integrantes de una sociedad, que cuanto menos: nos vapulea y en ella tratamos de sobrevivir.
Creo que si tomamos conciencia de la posibilidad, que las leyes y normas vigentes nos ofrecen para modificar esta situación, podremos pasar a ser ciudadanos, y a través del uso de este derecho y de nuestra disposición a participar en la sociedad, con acciones inclusivas, pacíficas y responsables, lograremos no solo mejorar nuestro bienestar sino que beneficiaremos al total de la sociedad y lograremos neutralizar los efectos nocivos de la codicia y el desinterés.
Sabemos que en nuestra sociedad hay una gran proporción que no ha podido acceder a la instrucción y conocimientos a los cuales, la clase media tiene acceso y posibilidad de uso de los medios que estas proporcionan. Por esa porción de sociedad que vive en la más completa anomia, indiferencia y sin consideración alguna, es que nuestra responsabilidad crece para que reaccionemos utilizando las herramientas que disponemos.
Tal vez solo sea la palabra la herramienta de que disponemos, pero es válida si se hace escuchar. Es legítima si viene desde nuestro absoluto convencimiento y es genuina en tanto converge sin egoísmo, a mejorar la sociedad en su totalidad.
Con nuestro silencio y la inacción, ¿no damos pábulo y alas, al ninguneo que nos aflige?
La indiferencia ante la existencia del otro, ¿no da paso a su enajenación y hasta la violencia?
Yo soy la otredad, para un otro que da significación a mi individualidad por la diferencia. O sea, en tanto reconozco al otro, soy reconocido.
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