Un rizo de aurora mojó la mejilla. Su calidez regó de imágenes el infinito.
Había llegado la hora. Lentamente repasó el futuro próximo.
El deseo de otros aires inundaba el silencio. Milagro de rojos asomaron a los techos y un abanico de perfumes arropó la escena.
Con parsimonia, abrochó los proyectos sujetando la realidad. Sus movimientos eran sacrilegio para entonces. Había que ahumar el vidrio para no quedar ciego de tanta luz. Una gran bocanada bailó sobre el cristal haciendo mil piruetas.
Sentir. Disfrutar. Guardar el gozo hacia instantes que seguramente vendrían.
Detener la rutina y perdurar en la magia.
Lo hizo.
Era similar al encanto de las chispas del agua en la cascada. Pudo empezar saboreando dulzuras y llenando sus pupilas con las sombras que escapaban.
El locutor encendió su voz y trajo el ahora.
Cerró los ojos, ansiando retenerlo todo y con letargo, fue hacia el rito bajo el agua.
Algunas gotas aún descansaban su modorra en los hombros, cuando se descubrió transitando entre baldosas la mañana.
No supo cómo, pero estaba allí. En algún cuando, un trompo humano envolvió su silueta mutándola en pedazos.
El ruido, las corridas, la sorpresa. Mirar sin ver. Escuchar para querer olvidar.
El aire, se tiñó de nubes arcanas. Como si la paz volara disfrazada de araña, se doblaron sus piernas y la dureza del ámbito se ensañó en su mirada.
Los titulares danzaban, haciendo su mejor aporte al horror.
“... Cuando se aprestaba a cruzar la calzada, la joven fue blanco de las balas perdidas de la persecución.....”
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